Seguro que has estado ahí y lo conoces tan bien como yo.
Cuando vives en otro país, no terminas siendo ni de ahí ni de allá. De ahí, del lugar que ahora llamas casa, pero tampoco de allá, de ese lugar del que vienes y que, aunque esté lejos, sigue formando parte de ti.
Una vez, en una tienda de electrodomésticos, me encontré con un colombiano que trabajaba en atención al cliente, y claro, me salió una sonrisa natural, porque cada vez que me encuentro a alguien como yo, me da mucha alegría, más aún cuando es colombiano, no sé si te pasa lo mismo.
Mientras me atendía, como no podía ser de otra manera, nos pusimos a hablar y, entre una cosa y otra, me fue contando un poco sobre su vida, el tiempo que llevaba ahí, su experiencia en el país, si le gustaba, si quería seguir en ese lugar o volver a Colombia, si se sentía de ahí o no.
Y llegó un momento en el que me dijo:
—Es que terminamos viviendo como en el limbo.
Sí. Lo comprendí perfectamente.
Cada uno tiene sus motivos para decidir dar el paso y entregarse a la aventura de vivir en otro país, dejar atrás todo aquello que amas, que sabes que vas a añorar y, cómo no, también cosas que no vas a extrañar tanto.
Llegas, te ilusiona todo lo nuevo que ves, vives momentos muy bonitos, nuevas experiencias, ver cosas diferentes a las que estabas acostumbrado y otras que ni siquiera te habías imaginado, buenas y no tan buenas, claro.
Entras en un proceso de adaptación, intentando seguir siendo tú, a pesar de que, en algunos casos, el idioma no ayude. Estás en esa montaña rusa de sentimientos, de subidas y bajadas de ánimo, de éxitos y fracasos frente a cada reto que se te presenta, porque, por pequeño que sea, nunca es lo mismo que cuando estás en casa.
Van pasando los días, los meses y luego los años. Sí, el tiempo pasa volando.
Y ya no te sientes como en un torbellino. Las aguas están más calmadas. Te empiezas a sentir de verdad como parte de ese lugar, con lo bueno y lo malo. Y al final, se convierte en tu hogar.Pero siempre pasa algo.
Pequeños detalles que te recuerdan que, aunque ese lugar ya se haya convertido en tu hogar, no eres de ahí. Que los que te rodean te siguen viendo, de alguna manera, como el de fuera. Aunque te quieran, te aprecien e incluso aunque formes parte de sus vidas, eres de fuera.
Son cosas con las que aprendemos a vivir. Se convierten en parte de nuestra realidad y, bueno, ¿qué le vamos a hacer?
Pero la cosa se complica, o casi se vuelve un chiste, cuando regresas de visita a tu país y te preguntan: “Y tú, ¿de dónde eres?”
Llegas a tu país y empiezas a recorrer tu ciudad de punta a punta como si no hubiera un mañana, haciendo planes como si el día tuviera 36 horas, intentando vivir, en los pocos días que tienes, todo lo que no has podido vivir en el tiempo que llevas fuera.
Vas muy contento, con tu sonrisa de oreja a oreja, hasta que viene alguien y te pregunta:
—¿Y tú de dónde eres?
Porque de aquí, no.
¿Qué?
Te quedas con los ojos cuadrados, como para echarme gotas. Yo, con esta cara de latina total, ¿y se pone en duda mi procedencia?
No puede ser.
¡¡Pues sí, porque hablo como española!!
¡¡Venga ya!!
Y es que al final he terminado con un acento que, en realidad, no existe.
Aquí, en España, me escuchan y soy latina. Voy a mi país y soy española.
¿En serio?
Pues de vuelta a vivir en el limbo.
Y es que la forma en la que hablamos nos hace, de alguna manera, pertenecer, conectar, adaptarnos e incluso respetar el lugar que nos ha adoptado.
Y esto logré entenderlo después de más de un año de vivir en España.
Mientras realizaba el máster y a la vuelta de visitar mi país, me di cuenta de lo que significaba el “vosotros”. Y no me refiero al rigor semántico como un simple pronombre gramatical, sino a la carga simbólica que tiene, al peso increíble que posee a nivel sociocultural, emocional e identitario.
Una muestra de cercanía, amistad y confianza.
¡Es tutear en plural!
No se me va a olvidar la primera vez que dejé de hablarles a mis compañeros de “ustedes” y cambié al “vosotros”.
Se quedaron con una cara… No se lo podían creer.
Me decían que cuando les hablaba así se sentían como personas mayores, abuelitos. Una barrera que, a pesar de mi forma de ser, yo ponía en medio.
Y es que es algo que no se piensa.
Se siente.
Feliz, pero siempre te falta algo, estés donde estés…
Eres feliz ahí, donde has decidido echar tus raíces, pero te hace falta algo. O no sabes qué es, o no sabes cómo explicarlo.
Pocas o muchas cosas, da igual.
Estás ahí y llega un momento en que ya quieres volver, o ya añoras ciertas cosas, o quisieras que algunas cosas se hicieran como ahora las conoces.
Y piensas:
¿Y si se pudiera hacer un mix?
Jejeje, soñar no cuesta nada.
Y ya no te digo cuando has vivido en más países o ciudades.
Porque entonces la cosa se complica todavía más.
Todo esto tiene una carga emocional que muchas veces no vemos, porque nos acostumbramos a vivir con ella. Aprendemos a convivir con esa sensación de que una parte de nosotros está ahí y otra sigue estando allá.
Y quizás lo más curioso es que, después de tantos años, ya no sabes muy bien dónde está ese “allá”.
Porque tampoco eres exactamente la persona que se fue.
Has cambiado. Has aprendido. Has incorporado costumbres, formas de hablar, maneras de relacionarte, incluso formas diferentes de entender la vida.
Hay cosas que antes eran importantes para ti y ahora ya no lo son tanto, y otras que antes ni siquiera entendías y ahora forman parte de quién eres.
Y entonces llega ese momento en el que te das cuenta de que quizás ya no se trata de elegir entre un lugar y otro.
Porque eres un poco de los dos, aunque a veces ninguno termine de reconocerte completamente como suyo.
Y nadie te prepara para esto
Cuando decides irte, piensas en lo que vas a ganar, en lo que quieres conseguir, en todo lo nuevo que vas a conocer. Piensas en el trabajo, en las oportunidades, en aprender otro idioma, en conocer gente, en construir una nueva vida.
Pero pocas veces piensas en lo que significa emocionalmente dejar de pertenecer del todo a un lugar sin llegar a pertenecer del todo al otro.
Y no porque no estés bien.
Puedes estar muy bien. Puedes haber conseguido aquello por lo que te fuiste, tener una vida que te gusta, sentirte feliz y estar agradecido por todo lo que has construido.
Y aun así, echar de menos.
Y aun así, sentir que te falta algo.
Y aun así, cuando vuelves, descubrir que también echas de menos tu vida de ahí.
Es extraño, ¿verdad?
Echas de menos tu casa mientras estás en tu casa.
Quizás por eso, después de tantos años viviendo fuera, una de las cosas más importantes que podemos hacer es dejar de preguntarnos dónde deberíamos sentirnos en casa y empezar a preguntarnos qué significa para nosotros sentirnos en casa.
Porque quizás el lugar que buscamos no está necesariamente en un país, una ciudad o una casa.
Quizás también está dentro de nosotros.
Y quizás no necesitamos escoger.
Quizás no estamos perdidos entre dos lugares.
Quizás simplemente hemos cambiado tanto que ya no podemos explicarnos desde uno solo.
Y quizás lo que necesitamos no es elegir dónde pertenecemos, sino conectar con nosotros mismos, darnos ese espacio para parar, escucharnos y entendernos mejor. Para reconocer todo lo que hemos vivido, todo lo que hemos cambiado y también todo lo que sigue formando parte de nosotros.
Porque a veces, para dejar de vivir en el limbo, no necesitamos decidir dónde estar, sino volver a encontrarnos con nosotros mismos.


