Te vas a otro país a empezar una vida nueva, llegas, abres las maletas y oh sorpresa, te has traído lo que te querías dejar y no entiendes qué hace ahí, y no me refiero a ese pantalón que ha perdido su encanto y que no es ni de tu talla; me refiero a algo más profundo, que pesa y duele, y aunque estaba oculto y ha pasado desapercibido acompañado por el tiempo, nos damos cuenta de que ha venido con nosotros y requiere nuestra atención.
Cuando construir una nueva vida lejos de tu país también te lleva a encontrarte con todo aquello que llevabas dentro
Cuando nos vamos a vivir a otro país, muchas veces lo hacemos con la sensación de que estamos dejando atrás una parte importante de nuestra vida. Dejamos a nuestra familia, a nuestros amigos, nuestra casa, nuestras costumbres, los lugares que conocemos y una rutina que, aunque no siempre nos gustara, formaba parte de nuestra identidad, lo que somos.
En ocasiones, también queremos dejar atrás una etapa, determinadas situaciones que nos hicieron daño o incluso una versión de nosotros mismos con la que ya no nos sentimos identificados. Por eso, no es extraño que al marcharnos aparezca la idea de que estamos empezando de cero, llegar a un lugar en el que nadie conoce nuestra historia y sentirlo como una oportunidad para hacer las cosas de otra manera, construir nuevas relaciones, tomar decisiones diferentes y comenzar una nueva etapa.
Y, en muchos sentidos, realmente comenzamos algo nuevo. Tenemos que aprender a desenvolvernos en un entorno diferente, adaptarnos a otras costumbres, aprender un nuevo idioma o formas de comunicarnos, construir una red de apoyo, encontrar nuestro lugar y enfrentarnos a situaciones que antes quizá resolvíamos de otra manera porque conocíamos el entorno y teníamos cerca a las personas de siempre.
Todo esto requiere esfuerzo y puede resultar difícil, pero también puede despertar en nosotros capacidades que quizá desconocíamos. Con el tiempo, podemos llegar a construir una vida que se parece bastante a la que imaginábamos cuando decidimos marcharnos. Quizá conseguimos la estabilidad económica que buscábamos, encontramos un trabajo que nos permite crecer, construimos nuevas amistades, formamos una familia, tenemos un hogar y alcanzamos objetivos que durante mucho tiempo habíamos considerado importantes. Incluso puede llegar un momento en el que miremos hacia atrás y pensemos que todo aquello por lo que nos fuimos ha valido la pena.
Sin embargo, es precisamente cuando la vida empieza a estabilizarse cuando pueden aparecer algunas preguntas que no esperábamos, porque una cosa es cambiar las circunstancias de nuestra vida y otra, mucho más profunda, es cambiar la manera en la que nos relacionamos con nosotros mismos, ¿esto te resuena?
Podemos haber cambiado de país y seguir sintiendo que tenemos que demostrar nuestro valor; podemos haber conseguido una independencia que antes deseábamos y continuar buscando aprobación; podemos haber dejado atrás determinadas relaciones y descubrir que algunos patrones vuelven a aparecer en nuestras relaciones actuales. Podemos tener una vida que objetivamente nos ofrece muchas oportunidades, y aun así, sentir una inquietud que no sabemos explicar. Y entonces puede aparecer una pregunta especialmente desconcertante: si ya no estoy allí, ¿por qué sigo sintiendo esto?
Puedes cambiar de país, pero hay cosas que no puedes dejar atrás
Cuando cambiamos de país, cambiamos muchas cosas externas, pero hay algo que inevitablemente nos acompaña: nuestra historia. Nos llevamos nuestras experiencias, los aprendizajes que hemos adquirido a lo largo de los años, las creencias que hemos construido sobre nosotros mismos y sobre los demás, nuestra manera de afrontar los conflictos, de relacionarnos, de pedir ayuda, de protegernos y de interpretar lo que nos sucede. También llevamos nuestros miedos, nuestras inseguridades, esa necesidad de aprobación, el sentir que no soy suficiente, que siempre falta algo y aquellas heridas que quizá nunca tuvimos la oportunidad de mirar con suficiente atención.
Pero llevamos también nuestros recursos: nuestra capacidad de adaptarnos, de resolver problemas, de empezar de nuevo, de crear vínculos y de enfrentarnos a situaciones desconocidas, con una forma de comunicarnos diferente. Muchas de las cualidades que nos han permitido construir una vida lejos de nuestro lugar de origen son precisamente las mismas que hemos desarrollado a través de todo lo que hemos vivido.
Por eso, cambiar de país no significa realmente empezar desde cero. Significa empezar desde todo lo que somos. Y esta diferencia es importante, porque a veces esperamos que el cambio externo produzca automáticamente un cambio interno. Pensamos que, si conseguimos alejarnos de determinadas circunstancias, también desaparecerán las emociones que asociábamos a ellas. Pero no siempre ocurre así, podemos alejarnos de un entorno en el que nos sentíamos inseguros y continuar sintiéndonos inseguros, podemos dejar atrás personas que nos hacían sentir que no éramos suficientes y seguir exigiéndonos constantemente, podemos conseguir la libertad que buscábamos y continuar tomando decisiones desde el miedo. La distancia cambia el escenario, pero no necesariamente cambia aquello que hemos aprendido a llevar dentro.
A veces no queríamos escapar del lugar, sino de cómo nos sentíamos en él
Esta puede ser una de las partes más difíciles de reconocer. Porque quizá pensábamos que el problema estaba fuera: en el país, en el entorno, en las circunstancias o en las personas que nos rodeaban. Y, en parte, puede que fuera así. Hay situaciones, relaciones y entornos que realmente necesitamos dejar atrás para poder construir una vida más saludable y coherente con lo que queremos. Pero con el paso del tiempo podemos descubrir que quizá no estábamos intentando escapar únicamente de un lugar. También estábamos intentando escapar de una manera de sentirnos dentro de ese lugar.
Cuando llegamos a otro país, algunas de esas emociones pueden seguir apareciendo porque su origen no estaba únicamente en aquello que dejamos atrás. Algunas estaban relacionadas con nuestra propia historia, con la manera en la que aprendimos a interpretar el mundo o con la forma en la que aprendimos a relacionarnos con nosotros mismos. Esta comprensión puede resultar incómoda al principio, porque significa reconocer que cambiar las circunstancias no siempre es suficiente. Pero también puede ser liberadora.
Si aquello que sentimos no depende exclusivamente del lugar en el que estamos, entonces existe algo que sí podemos empezar a trabajar desde dentro. Y sí, ahí es donde aparece una oportunidad que quizá no habíamos contemplado cuando nos fuimos: la posibilidad de conocernos de una manera diferente.
La paradoja de conseguir aquello que queríamos
Hay algo de lo que se habla poco cuando hablamos de construir una vida en otro país. Durante los primeros años, muchas veces estamos tan concentrados en intentar salir adelante que apenas tenemos espacio para detenernos a mirar cómo estamos realmente. Hay muchas cosas que resolver y muchos objetivos que alcanzar: encontrar trabajo, aprender cómo funciona el nuevo entorno, crear vínculos, estabilizarnos, adaptarnos y demostrar, tanto a nosotros mismos como a los demás, que somos capaces de salir adelante. Ese esfuerzo tiene sentido, nos ayuda a avanzar y nos permite construir.
Pero llega un momento en el que quizá ya no estamos sobreviviendo ni intentando adaptarnos. Ya tenemos una vida. Y entonces aparece un espacio diferente, un espacio en el que quizá ya no hay tantas cosas externas que resolver y en el que pueden aparecer preguntas que llevábamos mucho tiempo aplazando. Puede aparecer la sensación de que algo no termina de encajar, incluso cuando sabemos que tenemos muchas razones para sentirnos agradecidos. Podemos sentirnos bien con nuestra decisión de habernos ido y, al mismo tiempo, echar de menos cosas que dejamos atrás. Podemos disfrutar de la vida que hemos construido y experimentar momentos de soledad, vacío o desconexión. Podemos reconocer todo lo que hemos conseguido y preguntarnos por qué todavía sentimos que tenemos que seguir demostrando algo.
Estas contradicciones no significan necesariamente que haya algo mal en nosotros ni que hayamos tomado una decisión equivocada. Forman parte de la complejidad de construir una vida lejos del lugar del que venimos. Y quizá también indican que estamos entrando en una etapa diferente.
De construir una vida a aprender a vivirla
Al principio, gran parte de nuestra energía puede estar puesta en construir: construir una nueva vida, una nueva red, una nueva estabilidad y una nueva identidad dentro de un entorno que inicialmente nos resulta desconocido. Pero llega un momento en el que quizá la pregunta deja de ser cómo construir esa vida y empieza a ser cómo queremos vivirla. Esta transición puede ser muy significativa porque ya no se trata solamente de conseguir objetivos externos, sino de preguntarnos qué relación queremos tener con nosotros mismos mientras los alcanzamos.
Se trata de revisar si la forma en la que estamos viviendo sigue respondiendo a nuestras necesidades actuales o si continuamos funcionando desde patrones que tuvieron sentido en otro momento de nuestra vida. Tal vez hemos aprendido a exigirnos mucho porque necesitábamos demostrar que podíamos. Tal vez nos acostumbramos a no pedir ayuda porque durante un tiempo tuvimos que resolver muchas cosas por nuestra cuenta. Tal vez desarrollamos una enorme capacidad de adaptación, pero ahora nos cuesta identificar qué queremos realmente porque llevamos demasiado tiempo adaptándonos a lo que había. El trabajo interno comienza, en parte, cuando dejamos de preguntarnos únicamente “¿cómo consigo que mi vida funcione?” y empezamos a preguntarnos “¿cómo quiero estar yo dentro de esta vida que he construido?”
No se trata de dejar atrás quién eras
Cuando hablamos de crecimiento personal, a veces parece que avanzar significa convertirnos en alguien completamente diferente, como si para empezar una nueva etapa tuviéramos que desprendernos de todo aquello que fuimos. Pero nuestra historia no es algo que tengamos que borrar. La persona que tomó la decisión de marcharse tenía sus propias razones, sus propios recursos y también sus propias limitaciones. Tomó decisiones con la información y las herramientas que tenía en ese momento. Quizá necesitaba escapar, quizá necesitaba crecer, quizá necesitaba encontrar oportunidades que no veía en su lugar de origen. Sea cual sea la razón, aquella versión de nosotros fue la que hizo posible que hoy estemos aquí.
Por eso, el trabajo interno no consiste en rechazar quiénes fuimos, sino en comprendernos. Comprender por qué reaccionamos de determinadas maneras, qué necesidades había detrás de algunas decisiones, qué patrones seguimos repitiendo y qué creencias quizá ya no encajan con la vida que tenemos hoy. Algunas de las estrategias que desarrollamos en el pasado fueron necesarias. Nos ayudaron a adaptarnos, a protegernos o a salir adelante. El problema aparece cuando seguimos utilizándolas mucho después de que las circunstancias hayan cambiado. Crecer no siempre significa aprender a hacer más. A veces significa aprender a dejar de hacer aquello que ya no necesitamos.
Vivir fuera también puede ser una oportunidad
Vivir fuera de nuestro país puede traer pérdidas, dificultades y momentos de mucha incertidumbre, pero también puede ofrecernos algo que no siempre encontramos cuando permanecemos dentro del mismo entorno durante toda nuestra vida: distancia. Y la distancia, aunque a veces duela, también puede permitirnos observar nuestra historia desde otra perspectiva.
Podemos empezar a cuestionar ideas que durante años habíamos dado por sentadas. Podemos descubrir que algunas decisiones estaban condicionadas por expectativas familiares, culturales o sociales. Podemos preguntarnos qué queremos conservar de nuestro lugar de origen y qué queremos hacer diferente. Podemos descubrir partes de nuestra identidad que quizá estaban escondidas detrás de los roles que desempeñábamos. Y, sobre todo, podemos empezar a distinguir entre aquello que realmente somos y aquello que aprendimos que teníamos que ser.
Este proceso no implica renunciar a nuestras raíces ni dejar de pertenecer a nuestro país de origen. Tampoco significa que tengamos que elegir entre nuestra vida actual y la vida que dejamos atrás. Podemos construir una identidad que integre ambas experiencias, que reconozca de dónde venimos y, al mismo tiempo, nos permita decidir hacia dónde queremos ir. Quizá ahí está una de las mayores posibilidades de vivir fuera: no en convertirnos en otra persona, sino en tener la oportunidad de elegir con mayor conciencia quién queremos ser ahora.
Quizá no necesitas empezar de cero
Después de todo lo que hemos vivido desde que nos fuimos, probablemente ya no somos la misma persona que cruzó aquella frontera. Hemos aprendido, hemos cambiado, hemos perdido cosas y hemos ganado otras. Hemos tenido que enfrentarnos a situaciones que quizá nunca imaginamos y hemos descubierto capacidades que probablemente no sabíamos que teníamos.
No necesitamos borrar nada de eso para seguir creciendo. Quizá tampoco necesitamos seguir intentando demostrar que podemos con todo. Tal vez el siguiente paso no sea construir más, conseguir más o adaptarnos todavía mejor. Tal vez sea detenernos por un momento y mirar todo lo que ya hemos construido para preguntarnos cómo queremos vivir dentro de ello: qué queremos conservar de nuestra historia, qué queremos transformar, qué necesitamos soltar y qué partes de nosotros queremos recuperar.
Porque podemos cambiar de país, de trabajo, de entorno y de vida. Podemos construir nuevas relaciones, alcanzar objetivos que un día parecían imposibles y convertir un lugar desconocido en nuestro hogar. Pero hay algo que siempre viaja con nosotros: nosotros mismos.
Y quizá no se trata de dejarnos atrás. Quizá se trata de dejar de luchar contra algunas partes de nosotros, comprenderlas, integrarlas y comenzar a relacionarnos con ellas de una manera diferente. Porque empezar de nuevo no significa empezar desde cero.
Significa empezar desde ti.


