Cómo no compartir este testimonio que, confieso, me sacó más de una lágrima al leerlo…
Y cómo no hacerlo, además de tener el arte de ponerle palabras a los sentimientos, y de qué manera, nos abre una ventanita de su corazón y nos permite asomarnos a una parte de su proceso y de su crecimiento personal.
Mishell, una hermosa ecuatoriana residente en Sydney, Australia, me dio el regalo de acompañarla en este proceso y de poder ver, paso a paso, cómo iba reencontrándose consigo misma y dando rienda suelta a su propia transformación.
Aquí su testimonio:
«Creo que todos tenemos un momento de quiebre en la vida.
Ese punto en el que sientes que te estás hundiendo en el mar y dejas de ver la luz allá arriba, ese brillo de la superficie. Solo sientes el peso en el pecho que te sigue arrastrando hacia abajo. No entiendes cómo empezar a nadar. Llega un momento en el que ya no sabes qué hacer.
Ya no te entiendes ni siquiera a ti misma. Y tampoco quieres que nadie te entienda.
Quieres que alguien esté, pero no permites que nadie entre en ese caos que existe dentro de tu cabeza.
Cuando decidí ir a terapia y ver a una psicóloga, nunca antes lo había hecho. No sabía por dónde empezar, qué decir, ni siquiera sabía realmente cómo funcionaba una sesión.
Hubo muchas sesiones en las que simplemente fue un monólogo. Yo hablaba.
Y al decir las cosas en voz alta, por primera vez podía escuchar el tamaño de todo aquello que llevaba dentro.
Hoy no puedo imaginar qué habría hecho si no hubiera recibido terapia.
Porque cuando estás ahí abajo, ahogándote con todo ese peso encima que no te permite nadar, la terapia no viene a sacarte del océano.
Te enseña a bucear.
Y parece una diferencia pequeña, pero no lo es.
Porque la terapia no te va a sacar mágicamente de ahí de un día para otro. No va a llevarte a un barco donde todo esté bien y de repente aparezca un amanecer perfecto.
Te ayuda, poco a poco, a reconocer qué es lo que te está hundiendo.
A soltarlo.
A respirar.
Y finalmente, a empezar tú misma a nadar hacia la superficie.
Y van a llegar mil tormentas.
Habrá días en los que volverás a sentir que te ahogas. Días en los que volverás a pensar que no puedes. Que no estás avanzando. Que otra vez estás en el mismo lugar.
Pero un día simplemente despiertas y estás arriba.
Otro día estás construyendo un barco.
Y otro día estás sentada en un crucero hermoso, mirando el océano desde arriba, preguntándote cómo alguna vez pensaste que no ibas a salir de ahí.
Y probablemente vuelvas a equivocarte.
Mil veces.
Probablemente vuelvas a enamorarte. Probablemente vuelvan a romperte el corazón. Probablemente tomes decisiones que después no entiendas.
Pero esta vez sabes nadar.
Esta vez sabes cómo volver a la superficie.
Y quizás eso sea una de las cosas más bonitas que aprendí en terapia: aprender a decir en voz alta lo que siento.
Decir “te amo” a mi familia.
Decir “te necesito” a mis amigos.
Aprender a valorar a las personas que han estado incondicionalmente a mi lado.
Pero, sobre todo, aprender a decirme: “Te amo” a mí.
Aprendí a llorar.
Porque vas a volver a sentirte triste. Vas a volver a sentir que te estás ahogando. Vas a volver a sentir que no lo estás logrando y que te estás equivocando.
Pero qué bonito es llorar cuando sabes que puedes acompañarte.
Abrazarte.
Decirte las palabras que necesitas escuchar.
O simplemente quedarte en silencio contigo misma porque entiendes que también eso es parte del camino.
En terapia aprendí que no existe nadie que pueda vivir mi vida por mí.
Diana puede estar ahí para darme la mano, para acompañarme, para ponerme retos, para ayudarme a encontrar respuestas.
Pero la única persona que puede cambiar mi historia soy yo.
La única persona que puede dejar de verse como víctima y empezar a empoderarse de su propia historia soy yo.
Nadie va a llegar a salvarme.
Y sí, lo lees en todas partes.
Pero hoy sé algo diferente:
Sí puedo salvarme a mí misma.
Mi yo del futuro.
Mi yo que fue a terapia.
Mi yo que aprendió.
Mi yo que sanó.
Esa versión de mí sí puede salvar a la mujer que hoy todavía no sabe por dónde caminar.
Y probablemente vuelva a equivocarse.
Pero ya no es la misma.
Porque ahora sabe nadar.
Ahora sabe volar.
Y un día te das cuenta de que salir del fondo de un océano lleno de lágrimas también te enseñó a disfrutar cosas que antes parecían pequeñas:
Correr por las mañanas.
Tomarte un chocolate caliente con queso.
Escuchar una canción sin que duela.
Cantar a todo pulmón.
Leer un libro y quedarte en silencio.
Reírte sin sentir culpa.
Volver a disfrutar de estar contigo.
Volver a brillar.
Y volver a brillar no significa que nunca hayas estado rota.
Significa que aprendiste a coserte.
Y cada una de esas costuras, cada cicatriz, cada pedacito que tuviste que reconstruir, hizo que esa pieza fuera todavía más valiosa.
Tal vez hoy no estás segura de tomar terapia porque no sabes por dónde empezar.
No tienes que saberlo.
Solo tienes que dar el primer paso.
Porque quizás la terapia no sea el barco que venga a rescatarte.
Quizás sea simplemente el lugar donde finalmente aprendes que siempre fuiste tú quien podía llegar a la superficie.«
¡¡¡Gracias por tu generosidad Mishell!!!

